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Especular sobre la educación y el pensamiento ambiental es ir mucho más allá de un ideal de
naturaleza prístina, formas sustentables de producción o tasas de extinción. Actuar-pensar-
sentir ambientalmente es entrelazar mundos, abrazar otras relacionalidades, contar otras
historias, desplegar afectos, armar comunidades. Creemos que el pensamiento ambiental nos
presenta muchísimos desafíos que desbordan la idea enciclopédica de educación, y la de razón
o pensamiento. Como dice el filósofo Pierre Hadot (Hadot, Carlier y Davidson 2009), se trata
de considerar a la filosofía y al pensamiento como “prácticas espirituales”, acciones que nos
conectan al cosmos, y así, nos conectan con otras personas, con otras especies, con otros
paisajes. Por lo tanto, en este breve recorrido han surgido algunas preguntas: ¿con qué
pensamientos pensamos?, ¿qué relaciones armamos con otros seres?, ¿cómo devenir
inapropiables, reivindicar lo monstruoso?, ¿cómo configuramos otras naturalezas?, ¿qué
relatos contamos y qué relatos nos cuentan?, y ¿cómo, desde las artes, se pueden afectar
prácticas y saberes ambientales?
Por supuesto, constituyen cuestionamientos complejos, que de ningún modo tienen
una respuesta única. Quizás, preguntas “brújula” para ser planteadas colectivamente, para ser
analizadas, una y otra vez, en espacios singulares y situados, en diferentes cuerpos y saberes.
Explorar el mestizaje de saberes, tal como dice la socióloga boliviana Silvia Rivera
Cusicanqui (2018), es fundamental desde un Sur americano en busca de vías no coloniales.
Creemos que algunas de estas interrogaciones pueden conformar saberes monstruosos para la
educación ambiental.
El sentido de este trabajo es acercar la obra de Donna Haraway a una revista ambiental
latinoamericana, con el fin de ponerla en vínculo con otros pensamientos ambientales que
florecen en nuestras tierras. Saberes para salir del Antropoceno, tiempos de destrucción y
antropocentrismo, para tender algunos puentes hacia otros tiempos colaborativos.
Chthuluceno, diría Haraway, ese otro tiempo-espacio monstruoso de relaciones
interespecíficas y saberes de la tierra. Cabe interpelarnos cómo integrar estas reflexiones a los
espacios educativos y de construcción de saberes ambientales. Ciertamente, no existe una
respuesta única, aunque sí una vía a través de prácticas sensibles, de juego y de atención
donde el saber tenga un carácter discursivo y permita formas encarnadas en cuerpos, armar
relaciones, afectar. Las ideas monstruosas, simpoiéticas, de otras naturalezas, de
pensamientos tentaculares, no son sólo ideas. Si bien en este texto aparecen en su formato
bidimensional, invitamos a explorar otros lenguajes y sensibilidades para apre(he)nderlas.
La educación ambiental -quizás más que nada en ámbitos no formales- desarrolla
numerosas prácticas sensibles donde la escucha, la visión paciente, el olfato o el tacto, nos